lunes, 25 de marzo de 2013

"Venga, pase al frente y explique usted"

Esta semana, como parte de mi trabajo, tuve que entrar a algunas clases para observar el trabajo de los profesores.  Cuando estaba visitando el salón de primero primaria, veía a los niños y su diverso comportamiento y traté recordar cómo era yo a esa edad y en ese contexto, entonces me acordé de la anécdota que voy a comentar hoy.  De paso, como ya se acerca el cumpleaños de mi hermano Julián, aprovecho para vincularlo a la historia en el rol protagónico que siempre ha tenido.  Aquí va:

Corría el año 1982 y yo era el niño de la fotografía, en primero primaria, con los ojos bien abiertos, con ganas de aprender de todo.  Al final del año, mi boletín de calificaciones estaba orgullosa y arrogantemente lleno de 5.0, y mi hermano había obtenido un rojito 2.5 en matemáticas.  Cuando quise mofarme de mi mejor resultado comparado con el suyo, me respondió algo como:

- Es que los de primero tienen una matemática muy fácil, solo es saberse las tablas y hacer unas sumas sencillas.  En cambio en tercero tuvimos que hacer multiplicaciones de números de 20 cifras por 20 cifras, y sumas que llenaban la hoja entera.  En lenguaje hay que leer unos libros muy gordos y recitarlos de memoria, en sociales hay que saberse todas las capitales del mundo, en ciencias...

Yo siempre le he creído a mi hermano todo lo que dice.  Al día de hoy aún suelo consultarlo hasta por cosas triviales y tomo muy en cuenta su opinión. La respuesta que me dio entonces se me grabó como el miedo.  Había que hacer algo, y había que hacerlo rápido.  Yo no podía permitir que la escuela me sorprendiera con esas exigencias sin estar preparado, pero sobre todo, tenía claro que yo no podía caer en el mismo lugar que cayó mi hermano. Yo necesitaba vencer a la profesora, porque al vencerla, vencería a la escuela, al sistema, al mundo, y de paso también a mi hermano mayor.

Toda mi vida he tenido a mi hermano como el referente a seguir.  Como sólo es un año mayor, yo resulté heredando la ropa que le iba quedando pequeña, los zapatos que ya no le entraban, los juguetes que ya no usaba.  Pero lo más importante fue que heredé sus libros, cuadernos, trabajos escolares y los recuerdos y opiniones acerca de sus tareas y la experiencia general de verlo estudiar los temas que estudiaba.  Cada vez que yo veía un tema nuevo, mi hermano ya lo había visto el año anterior, y yo había sido testigo presencial atento a aprender de su experiencia.

Entonces, ante tan irresolubles ejercicios que mi hermano me auguraba en ese noviembre del año 82, me di a la tarea de realizar sumas, restas, multiplicaciones y divisiones de cuanto número tuve a mano, así como a la lectura de libros cada vez más gordos y complicados (de mi tío Mario, que hacía Bachillerato) incluyendo el atlas universal Aguilar y el pequeño Larousse ilustrado.  Para enero, yo ya había realizado la suma de columnas enteras de números telefónicos del directorio (una excelente fuente para encontrar números), y del resultado restaba uno a uno los teléfonos de la columna siguiente, a veces haciendo previas multiplicaciones  entre algunos tomados al azar, aglutinándolos para tener números de 10, 15 y 20 cifras como los que mi hermano intentaba asustarme, y dividiéndolos por el número de cédula de mi abuelo, la extensión territorial de Colombia, la población de Bogotá o cualquier número que apareciera. Con la práctica, me asomaba a la calle a sumar mentalmente las placas de los dos siguientes carros que pasaran, o a realizar operaciones con cualquier número que apareciera en radio, en televisión o en las puertas de las casas.

Al entrar a grado segundo, estaba bien afilado y ansioso de demostrar que no me iban a coger a mansalva, que tenía mis armas y pensaba usarlas.  Yo no iba a perder, yo venía a vengar a mi hermano, llenándome de gloria en el proceso.  No importaba si era clase de lenguaje o matemáticas, yo estaba en primera fila aprovechando cualquier oportunidad para demostrar que ya sabía lo que la profesora estaba enseñando  ¿ese era su mejor golpe?

Una ocasión, la profesora estaba enseñando algún tema de matemáticas que yo ya sabía, me hice en mi puesto de primera fila a indicarle paso a paso lo que debía hacer, sin caer en cuenta que ella iba justamente a explicar todos los pasos al grupo e ignorando sus miradas de regaño en potencia.  Su paciencia finalmente se rebosó con mis intervenciones y muy indignada me dijo a los gritos:  "Pues si sabe tanto, venga, pase al frente y explique usted".

A muchos, esa frase intimidante los hubiera dejados clavados a la silla y callados por el resto del año, pero a mí me brillaron los ojos y lo tomé como la invitación más cordial que podía hacerme, así que pasé al frente, tomé la tiza y el borrador, y comencé a explicarle a mis compañeros cómo es que se realizaban las operaciones, y me di a la tarea de revisar el cuaderno de todos para ver si lo estaban haciendo bien y volver al tablero a proponer ejercicios cada vez más difíciles, supongo que con los ojos bien aniertos y la sonrisota bien puesta.  Así continué hasta que sonó el timbre del recreo.  La profesora no me dejó salir a jugar sino que me llevó a la dirección, mandaron a llamar a mi acudiente y al final del día había sido promovido a tercero.  No llevábamos ni dos semanas de febrero.

Durante el resto de la primaria y del bachillerato, procuré informarme bien de lo que mi hermano (siempre en un curso mayor, aquí en esta foto ) estaba aprendiendo para repetir el proceso, me fijaba mucho en sus tareas y estudiaba sus libros y cuadernos para aprender los temas con un año de anticipación.  Necesitaba el reto para superarme, y también para superar a mi hermano.  Gran parte del camino me lo trazó él, fue el faro que seguí, el nivel al que debía llegar, el estándar a vencer. Y fue un estándar muy alto:  Fue el mejor ICFES de su promoción, el mejor bachiller, pasó a la Nacional... yo no podía quedarme atrás.

Hoy en día, tengo claro que este episodio de los años 82 y 83 me enseñó algo que aplico todavía hoy, y que me ha permitido  en gran medida ser quien soy.  No se trata solo de haber conocido el auto estudio y los buenos resultados que da (aunque es una parte) ni haber aprendido a planear una tarea y disciplinarme por terminarla (aunque es otra parte)  ni de mostrarme el real disfrute del proceso de enseñar a otros (que es una muy importante parte).  Es el conjunto de todo lo anterior:  Hace 12 años que mi trabajo es enseñar (y lo disfruto tanto que no es trabajo), pero hace 30 que leo y estudio por mi cuenta todo tipo de temas, desde los triviales a los trascendentales, es algo que disfruto y que me define plenamente.  Está en mi firma, en mis huellas, casi que en mis genes, y quiero seguir haciéndolo así. Punto.

Claro, quiero seguir haciéndolo porque hasta ahora ha dado excelentes resultados.  Entonces reflexiono nuevamente y tomo conciencia de que todo esto, todo lo que he podido lograr académica, deportiva y profesionalmente, incluso los logros financieros, se lo debo a la presencia de mi hermano en mi vida.  No lo hubiera podido lograr sin él, sin la disciplina y el método que gracias a él aprendí, sin las permanentes ganas de querer superarlo y sin el listón tan alto que siempre me puso para superar.

Muchas gracias por la vida que tengo, hermanito.

jueves, 7 de febrero de 2013

60º Aniversario, en palabras de mi hermano.

El mes pasado, mis abuelos Aldemar y Cenelia celebraron el aniversario número 60 de su matrimonio.  Mi hermano mayor no pudo asistir a la ceremonia (yo tampoco), pero envió unas emotivas palabras para dejar claro que, en la distancia, celebraba con toda la vida esta buena fecha.   Aquí transcribo sus palabras:


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Queridos Papá y Mamá...

Hoy no estoy presente para celebrar con ustedes esta gran fiesta,  pero lo estoy de corazón. Desde aquí mando mi abrazo más amoroso para los dos, me siento feliz y orgulloso de tenerlos aún con nosotros, y aunque sean pocos los días del año en que compartimos, esos días son los mejores, me llenan de amor y felicidad, porque si uno quiere sentir amor, solo basta con mirarlos a los ojos a ustedes, o sentir la mano carrasposa del abuelito sobándome la cara y la cabeza.  Esa es una de las sensaciones más placenteras de mi vida.

Mi recuerdo más antiguo del abuelo es de cuando yo tenía 3 años: estábamos en Fátima, yo estaba sentado en la mesa grande redonda en el segundo piso, que me parecía enorme... pero en realidad era pequeña. Era tarde en la noche y, como costumbre familiar, estaban todos despiertos hablando de todo y de todos.  Entonces la tierra tronó y todo se movió, el abuelo me cogió es sus brazos, y me sacó corriendo por la cocina hasta el patio, casi nos quemamos con una olla de aguapanela que se cayó al piso, al final estábamos en el patio, y todo se calmó, no había nadie más, todos habían corrido hacia la calle, yo en realidad no supe que pasó... hasta después de un tiempo, cuando que aprendí qué era un temblor.  Pero ese recuerdo del abuelo conmigo, protegiéndome, con sus manos carrasposas en mis piernas, es la imagen de muchas y muchas ocasiones en la que me cuidó y sentí su amor protector.

De mi abuela mi recuerdo más antiguo es de la misma época: feliz cuidando sus matas y haciéndoles hacer oficio a todos, siempre sonriente y siempre haciéndonos sentir su amor protector, no dejando comer mantequilla a Mario, dandonos "traguitos" antes del desayuno... (esos traguitos no eran de guaro, eran de chocolate o aguapanela con leche), siempre la abuelita con su experiencia y conocimiento de la vida nos enseñó a ser todas una señoritas y todos unos cabelleros.

Hoy, despues de tantos años, llego a su casa y todavía a mi abuelo se le hace un nudo en la garganta al verme, me coge con sus manos carrasposas y me soba toda la cara, y me dice "tan bello mijito como los quiero"  como si fuera la primera vez que lo hiciera; siempre me hace sentir ese amor inmenso que no le cabe en sus manos, y cuando me voy, me abraza fuerte, se le aguan los ojos, y con la mirada me dice que no quiere que me vaya, vuelve y me soba toda la cara, me bendice, y me dice "tan bello mijito, aqui los esperamos" y me voy nostálgico de no poder estar más tiempo allí. 

Pero desde el día en que me fui por primera vez de su casa... tenía 5 años, y me aventuré a ir a los llanos, recibí el mismo amor, y sentí los mismos ojos cada que regresaba y volvía a irme. Es mi abuelo bello, al que no le cabe el amor que siente por todos nosotros, y del que me enorgullezco con su ejemplo de hombre trabajador y honesto, y lleno de amor infinito por todos nosotros.

Por eso hoy desde la distancia quiero decirles que los adoro, que gracias a ustedes y a todo lo que me enseñaron de sus valores, hoy soy una persona de bien, y me enorgullezco de que podamos compartir esta fecha especial todos unidos. 

Papá y Mamá: los adoro!!!

lunes, 4 de febrero de 2013

Mi relación de Amor/odio con Bogotá


Yo amo a Bogotá, partamos de eso.  A Bogotá le debo todo lo que soy como profesional, como deportista, como experto en pedagogía.  Gracias a Bogotá tengo una visión panorámica, amplia y progresista del mundo y de la vida. En Bogotá están mis hermanos, mis amigos, las novias que tuve alguna vez, los colegas del deporte.  Y por su crudeza, dificultad de abarcar, abanico de opciones de todo tipo y el canibalismo laboral en todos los sentidos, Bogotá me hizo competitivo, me puso alerta, me mantuvo actualizado y “en forma”, me enseñó a adaptarme al cambio, a no sentirme confiado ni “en confort”, realmente me preparó muy bien.  Me siento muy satisfecho con el resultado de más de 20 años de vivir aquí.

Entonces, ¿Por qué mis ganas de irme?  ¿Por qué mi hartazgo de la ciudad?  ¿Por qué evitar intencionalmente el dejarme seducir por todas sus ventajas?  Yo lo tenía comprendido a medias, especulando unas veces una razón y otras veces otra.  Pero hace un par de semanas que me di a  la tarea de responderme estas preguntas frente a una circunstancia que se me vino encima de súbito.   Llegué a algunas conclusiones.

1.      Mi amor por Bogotá es cosa de otro tiempo.  Pero no otro tiempo de Bogotá, sino mío.  Otros años en los que necesitaba vivir lo que Bogotá me ofrecía, pero hoy no tendría sentido vivir eso nuevamente
2.  Lo que más disfruto de la ciudad no son las cosas que la ciudad ofrece per se.  Es decir, podría disfrutarlas en otro lugar
3.      Lo que menos disfruto de Bogotá difícilmente se encuentra en otro lugar del país, y permea, contamina y deja intragable al resto de inconvenientes y a todas las ventajas
4.      He tenido la opción de resignarme a soportar una o dos orugas para poder disfrutar de las mariposas.  ¿Pero si ya no me gustan las mariposas?

Cuando era estudiante no me gustaba de Bogotá el hecho de ser una ciudad ruidosa, contaminada, llena de gente hostil o indiferente, que vive de afán y anda en una vorágine de trabajar, trabajar y trabajar, para producir, producir y producir, que permite consumir, consumir y consumir, y luego presumir, presumir y presumir, con el estómago más lleno de vanagloria que de comida.

Eso ya no me molesta.  Y no porque Bogotá haya cambiado hacia una dirección más sensata de su población, sino porque me volví el tipo adaptado a la ciudad ruidosa y contaminada, me volví el tipo hostil e indiferente que vive de afán y que anduvo en esa vorágine de trabajar (más como presa que como depredador), pero supe mantenerme a salvo del consumo, la presunción y la vanagloria.  Ahora me importan un rábano, y he tenido la fortuna de estar donde importen un rábano, pero no siempre se tiene esa suerte

Tampoco me molestan, per se, los huecos, los trancones, porque por fortuna he decidido no tener carro y me he mantenido ahí, además de haber procurado vivir cerca del trabajo para evitarme esas frustraciones, pero no siempre se puede. Inseguridad hay en todos lados y se puede evitar en gran medida “no dando papaya”.  El ruido que se vive a veces no se compara con el que sufrí en Riohacha durante cuatro años.  ¿Entonces?

La gran decepción, aquello que me agua la sopa, lo que hace que a mi sonrisa le dé dolor de muelas, es precisamente lo que ha hecho de Bogotá una gran ciudad, cosmopolita y vanguardista a pesar de los retrógrados que le pululan.  La razón para no querer a Bogotá es que:  ¡¡ Es ENORME !! y  ¡¡ES MUY DENSA!!  Y finalmente:  El ritmo de la ciudad es tal que ¡¡NO HAY TIEMPO!! Ese es el vidrio que está dentro del pastel, y el que no deja disfrutar lo bueno y agrava lo malo.

¿De qué sirve tener 100 salas de cine y 50 teatros si no te queda tiempo ni de revisar la cartelera porque vives a más de una hora de un trabajo que te exprime la vida con crudeza por más de 10 horas al día?  ¿De qué sirve tener eventos como la feria del libro (O cualquier otra exposición de ese tamaño)  si para un trabajador promedio (45 horas a la semana, que son los menos porque otros hemos tenido cargas superiores) le queda imposible entre semana e impráctico los fines de semana?  ¿De qué sirve tener tantos museos si están estratégicamente ubicados para que llegar hasta allá sea una odisea que te consuma más horas de las que vas a estar contemplando las obras?

Ir a cine a la mejor cartelera de Bogotá pasó de ser una actividad de grato esparcimiento para convertirse en una odiosa travesía que puede consumirte de cuatro a seis horas (A menos que vivas o trabajes a pocas cuadras del Avenida Chile).

El problema de la falta de tiempo se nos viene encima cuando queremos hacer algo medianamente productivo en el tiempo libre  ¿Estudiar?  Los que lo intentan se quedan sin vida hasta que finalizan estudios.  ¿Tener pareja?  Con suerte se puede si estudia o trabaja al lado (lo cual tiene sus enormes desventajas).  ¿Tener un hobby?  Se puede, siempre y cuando el hobby sea trabajar horas extra (no pagadas, está claro).  ¿Hacer deporte?  Quizá tenga la suerte de que haya un gimnasio cercano a su casa, y estará repleto a las horas que puede ir.  ¿Ir a eventos, fiestas, reuniones?  Sacrifique algo de lo que ya tiene, por ejemplo el sueño o el tiempo con su familia.

El solo hecho de ver en el transporte público que las mujeres se maquillan, unos estudiantes aprovechan para estudiar en el bus, una buena porción aprovecha para terminar de dormir porque el madrugón no se lo permitió, y muchos tratan de mantener a flote su relación de pareja por teléfono o chat, son ejemplos de cuánto tiempo falta a todos en una ciudad como esta

Lo ideal sería tener un trabajo por horas, de medio tiempo, o de 6 horas al día, para poder disfrutar la ciudad, pero quienes tienen esa suerte (yo lo consideraría suerte) aprovechan el tiempo libre para seguir buscando trabajo, y a veces lo encuentran y resultan con cargas de 12 horas y trabajando fines de semana.  Peor que antes ¿Por qué lo hacen?  La mayoría de las razones derivan de esta:  ¡¡BOGOTÁ ES MUY CARA!!  Una salida de pareja con taxis de ida y vuelta, cine, y cena, sin ser plan austero pero tampoco derrochador, puede llegar fácilmente a la cuarta parte del salario mínimo.   Ese mismo cálculo en cualquier otra ciudad del país no llega a tanto.

Entonces llego a las siguientes tres conclusiones, que tendrán pocos detractores:

1.      Bogotá es una excelente ciudad para estudiar en la universidad, en especial si estás en una de las mejores del país, como mi amada Nacho.
2.      Bogotá es la mejor ciudad para vivir los primeros años de experiencia profesional, mientras te haces un nombre.  Se aprende bastante, se mantiene actualizado y competitivo, se le coge el ritmo al mundo
3.      Bogotá es una excelente ciudad para visitarla como turista.  Eso sin dudarlo.  Ojalá todos las personas pudieran conocer la capital

Pero la siguiente, quizá sí tenga muchos detractores, pero es mi conclusión final:  Bogotá no es una buena ciudad para vivir toda la vida si tu idea de calidad de vida implica tener tiempo libre para varias cosas diferentes al trabajo.  Yo siento a Bogotá como una ladrona que en un parpadeo me roba todo el tiempo que tenía para hacer el montón de cosas que quiero.

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¿Y a qué se debió esta retahíla?  Fue sencillo:  Me ofrecieron un trabajo que implicaba irme de Bogotá y acepté de inmediato.  Estaba bastante contento con esa posibilidad y ya estaba organizando todo para irme definitivamente.  Pocos días antes del día D (D de día), me dicen “Hemos decidido que mejor te quedes en Bogotá”, y mi cara de desconsuelo y aburrimiento (por no decir “mamera”, que me daría pena) fue tal que no solo me preguntaron cuál era mi problema con Bogotá, sino que se buscó la manera de permanecer como la guayabera:  Por fuera (de la ciudad).  Y la pudimos encontrar.

Así que ahora vivo en una ciudad pequeña, con todas las ventajas sobre el tiempo libre que siempre quise, y que buscaré la manera de aprovechar al máximo.  Lo mejor es que no es tan lejos de Bogotá, así que de vez en cuando podré ir de visita a disfrutar algo de esa ciudad que amo tanto.

domingo, 30 de septiembre de 2012

Mi Potlatch

En el libro Vacas, cerdos, guerras y brujas (que puede descargarse AQUÍ) leí que la tradición de dar regalos para ganar prestigio está presente en muchas culturas, pero que es llevada al extremo en unas cuantas.

Los indígenas Kwakiutl tienen una tradición llamada Potlatch, con la cual refuerzan lazos comerciales y culturales entre los diferentes poblados.  Cada Potlatch es una ceremonia organizada para obtener prestigio a cambio de dar regalos.  La comida abunda y el derroche aparece, se trata de demostrar que se es tan rico, poderoso, influyente, importante y prestigioso que puede darse el lujo de regalar toda esa comida, mantas, utensilios y demás trebejos.  En casos extremos, llegaban incluso a destruir los regalos que los invitados no podían llevarse a sus casas, y no faltó el que quemó su casa en el afán de ganar prestigio, y quedaba sin posesiones, pero feliz.

Yo no ando en búsqueda de prestigio, y tampoco es que mis cosas me estuvieran estorbando, pero he tomado la decisión de despojarme de la mayoría de mis pertenencias, y entonces recordé que algo parecido había hecho en dos momentos diferentes de mi vida:

- En 2004, cuando decidí irme a vivir a Riohacha, me desprendí de algunas cosas que consideraba engorroso cargar hasta allá:  Mis libros, la ropa para clima frío, la cama, la música (En los tiempos previos al mp3), algunas chucherías más y pare de contar.  No era que tuviera muchas cosas.  A Riohacha llegué con la ropa, el computador y la bicicleta

- En 2008, cuando decidí regresar a vivir a Bogotá, me desprendí de algunas cosas que consideraba engorroso cargar de regreso y que me serían poco útiles:  Un ventilador, un par de sillas playeras, los libros que había logrado acumular, un tablero acrílico,  mi mapa de Colombia en alto relieve y otras chucherías menores.  Como siempre viví en una habitación que alquilaba amoblada, tampoco acumulé muchos cacharros allí. A Bogotá regresé con la ropa, el computador y la Bicicleta

- Ahora llega la tercera oportunidad de hacerlo, con la diferencia de que ahora sí había ido acumulando, poco a poco, muebles, utensilios, prendas y cacharros de todo tamaño, desde los que caben en el bolsillo hasta los que requieren un camión para llevarlos.  Ya no quedan muchas cosas por hacer que me obliguen a permanecer en Bogotá, y si esa es la situación, prefiero estar en otro lugar, a donde no tiene sentido que me lleve casi nada.  

Por eso resulté haciendo esta suerte de Potlatch personal, un poco farsante quizá, la intención era en realidad estar más cómodo con todos los traslados que espero se den pronto.  Devolví algunas cosas a su legítima dueña, otras las doné a quienes quisieron aceptármelas, y solo una  cosa resulté vendiendo:  Artemisa, mi bicicleta que me acompañaba desde hacía 14 años, la compañera de los años difíciles y de las primeras travesías, la que llevé a Riohacha y traje de vuelta, la de las dos fracturas de clavícula.  Ya no la usaba, era hora de que otra persona le sacara el mismo o más provecho que yo.

Y aquí estoy, listo para irme a quién sabe dónde.  Solo me quedé con parte de la ropa, el computador, y la nueva bicicleta.

miércoles, 9 de mayo de 2012

La falacia de los "productos ecológicos"


Tan incoherente como que McDonald's patrocine los Juegos Olímpicos es que una empresa que vende botellas de plástico invite a cuidar el medio ambiente comprando menos plástico.  La campaña de Agua Brisa promocionándose como un producto amigable con el ambiente es una total falacia.  No resulta difícil darse cuenta por qué:  Compremos más, porque eso significa que compramos menos. 

Tal vez resulta más fácil si cambiamos la palabra plástico por la palabra dinero e hiciéramos un ejercicio para encontrar la mejor manera de ahorrar, de gastar menos.  ¿Se ahorra más dejando de comprar o comprando todo con descuento?  Aquí no falta quien, ante un generoso descuento en comida para perro, quiera comprar una mascota para aprovechar la oferta, y sienta que sale ganando porque se está ahorrando su buena cantidad en la comida del animalito.  De eso se trata la publicidad, de crearnos necesidades que no tenemos ni nos hacen falta.

¿Qué nos está vendiendo la publicidad de Agua Brisa?  Que si compramos muchas de sus botellas ecológicas de agua (Entre más, mejor) estaremos cuidando el planeta, reduciendo emisiones y minimizando el desperdicio.  La realidad, en cambio, es de una abrumadora obviedad:  Entre más botellas se compren, más plástico se genera como residuo.  Claro que sería mejor generar 780 toneladas de basura plástica que generar 1000 toneladas, pero aún mejor (el ideal) es generar cero toneladas, y es posible hacerlo (y además sale más barato)

Usted, que está tentado a comprar agua brisa para ayudar al medio ambiente, puede hacer algo verdaderamente benéfico comprando un termo o cantimplora y reenvasándolo hasta el fin de los días con el agua que sale de la llave.  Cero emisiones, cero plástico.  Yo promuevo estas recomendaciones: 

*  Si el acuedicto de la ciudad lo permite, tome agua de la llave.  El agua de la llave en Bogotá y Manizales (Ciudades en las que he vivido) es potable 100%.  En Riohacha también viví y allí no aplicaría este consejo porque su agua no es tan confiable, pero existe la opción de los filtros y los ozonizadores que la dejan potable sin problemas.  Ahí se ahorraría todo el plástico
*  Si no confía en su acueducto y va a comprar agua a las embotelladoras, compre recipientes grandes:  Botellón de 25 litros, garrafa o bolsa de 5 litros, y reenvase el agua.  Ahorra mucho más plástico que con la botellita de medio litro.
*  Si solo quiere medio litro o una cantidad semejante, compre el agua en bolsa, no en botella.  LA bolsa ahorra mucho más plástico.
*  Si no hay más remedio que comprar agua en botella, POR FAVOR NO DESTRUYA LA BOTELLA!  Eso le obligará a comprar otra botella nueva más adelante.  Reutilícela (repita el mismo uso) y reúsela (encuentre nuevos usos).  La botella aguantará más allá de la muerte de muchos de nosotros.  Y ahí ahorrará un montón de plástico.

Y Por último, si tomó la decisión de comprar una botella de agua, no la compre de marca "brisa".  Las otras marcas al menos no están insultando su inteligencia con esta campaña
Para cerrar, los invito a ver el video "La historia del agua embotellada", de Anne Leonard, la misma que  presenta el video "La historia de las cosas" que ya se había compartido en este blog en el lejano año 2008 y que puede verse haciendo clic AQUI

jueves, 16 de febrero de 2012

London 2012 - Inspiration


Se pasó el tiempo, felizmente, y este año vuelven a haber Juegos Olímpicos, con todo lo bueno y lo malo que trae. Precisamente, entre eso malo que llega con los juegos, se encuentra la fastidiosa actitud pontificadora de las personas que no entienden un rábano de nada diferente al fútbol y se lanzan a criticar sin fundamento los resultados que ven.

Y claro, como están acostumbrados a que en televisión sea noticia
lo que piensan los hinchas, y doquiera miren encuentren interlocutores (por llamarlos de alguna manera) que les presten atención a sus berridos y a los cuales contra-arengar, con los juegos olímpicos se sentirán con el derecho a opinar radicalmente sin tomarse la molestia de al menos informarse o documentarse, ya que no se la toman para aprender.

Entre esos están (por poner un par de ejemplos que recuerdo) los que piensan que Maria Luisa Calle va a los olímpicos porque es paisa como el director de Coldeportes, y no porque fue campeona panamericana, o los que maltratan a todos los demás departamentos porque las dos medallas de Beijing fueron ganadas por atletas del Valle del Cauca, qué pereza.

A estas personas se les podría contradecir fácilmente con el video que comparto hoy, y que junto a muchos otros videos edificantes e inspiradores hacen parte de las cosas buenas que traen los juegos olímpicos: El convencimiento de que el deporte es un microcosmos de la vida misma, y que siempre hará que surja lo mejor de nosotros.



Narrador
To make an olympic champion, it takes eight olympic finalist.
To make an olympic finalist, it takes 80 olympians
To make 80 olympian, it takes 202 national champions
To make a national champion, takes thousands of athletes.
To make an athlet, takes millions of children around the world,
to be inspired to choose sport

(Versión Libre en español)
Para hacer un campeón olímpico se requieren ocho finalistas olímpicos
Para hacer un finalista olímpico se requieren 80 atletas olímpicos
Para hacer un atleta olímpico se requieren 202 campeonatos nacionales
Para hacer un campeonato nacional se requieren miles de atletas
Para hacer un atleta, se requieren millones de niños alrededor del mundo, e inspirarlos para que escojan el deporte

jueves, 9 de febrero de 2012

El fin de la travesía

Diez segundos.
Diez segundos para justificar mi existencia
(Harold Abrahams,
Campeón olímpico de 100m)
___________________

Pocas veces en mi vida me había sentido tan feliz, exultante, conmovido y eufórico como cuando llegué al Alto del Vino hace unas semanas. Los que podrían ser los grandes logros de mi vida, también los pequeños logros que en mi fuero interno considero enormes, las buenas noticias que he tenido la fortuna de recibir, y las veces en que la suerte quiso pasarse a mi bando estuve yo bastante feliz, quizá eufórico, exultante o conmovido, pero no la suma de las anteriores.

La principal razón de este desmadre de alegría se debe a que seis meses antes había sido intervenido quirúrgicamente en la rodilla, después de aguantarme unos tres años con
una lesión que sólo me dolía cuando intentaba practicar algún deporte en el que tuviera que hacer algo más que caminar, y eso incluía montar bicicleta.

Seis semanas estuve usando muletas tras la cirugía, moviéndome lo mínimo posible, y otras cuatro semanas yendo a terapias para recuperar la movilidad, porque no podía siquiera hacer el gesto de un pedalazo. Hacia septiembre pude volver a dar pequeños paseítos de unos cuantos
minutos y para octubre intenté nuevamente la subidita al Alto de Patios, con el para otros desconsolador resultado de haber tenido que descansar a mitad de camino y llegar desbaratado.

A mediados de octubre ya pude subir de un tirón, aunque mucho más lento que algunos que suben trotando, y tuve mi última sesión de seguimiento de ortopedia, en la que me confirmaron que la recuperación había sido un éxito, pero que no volviera a hacer ejercicio fuerte, que usara (por mi bien) la bicicleta solo para
recorridos planos y cortos y que fuera feliz con mi vida tranquila sin esfuerzos desmesurados.

Cuando quise protestar mostrando mis humildes progresos subiendo Patios, el ortopedista me dijo que, ya que parecía ser bastante importante para mí (y gracias a mis años de usuario de la bicicleta) podía hacer todo el ejercicio que no me causara dolor, y de eso me agarré como si fuera una balsa de la que dependiera mi vida.

La buena noticia de los siguientes días en que comencé a hacer todo el ejercicio que no me causara dolor fue que el dolor andaba embolatándose y se demoraba en aparecer, de manera que primero llegaba el agotamiento, el pinchazo o la puerta de la casa. Al cabo de unos días me llevé la bicicleta a la casa materna con la intención de montar en el mes de vacaciones que iba a permanecer allí, cosa que no hice con mucho juicio. Con el final de las vacaciones acercándose, me dio la ocurrencia de regresar a Bogotá en Bicicleta (algo que ni cuando estaba sin lesión me atreví a intentar), así que entrené (en realidad, seguí dando paseos) un poco más exigentemente y de repente me estaba despidiendo y me lancé a explorar lo desconocido.

Una semana después estaba ahí en el alto del Vino, emocionado hasta la médula. Aún quedaban 25 kilómetros para llegar a Bogotá, pero eran de bajada, así que fue en ese preciso lugar que me ag
arré la cabeza a dos manos y me dije "Caramba, no puedo creer que lo haya logrado" y me sentía como esos campeones olímpicos que lloran en el podio. No era tanto haber subido el Alto del Vino desde La Vega (ya lo había hecho un par de veces hace ocho años) o que haya hecho los 300 km desde Manizales en 3 días. Los últimos 300 metros del alto fueron un remolino de imágenes que resumían años de buenas y malas noticias, noticias de todo tipo, y sentí (como Harold Abrahams) que esos pocos segundos iban a justificar mi existencia.
Es probable (ojalá así sea) que esa travesía la vuelva a hacer varias veces en el futuro; supongo que será más fácil terminarla porque conoceré mejor la ruta, sabré cómo prepararme y tendré como referencia que ya una vez la terminé. En cambio, en esta primera vez lo que tenía en mente era la recomendación médica de no esforzarme mucho, y el recuerdo de que seis meses antes aún estaba caminando con muletas, de ahí la emoción y las ganas de lanzar gritos de júbilo. En medio del éxtasis vino a mi mente el lema de la maratón de Boston, que en realidad puede aplicar para cualquier aventura de esa magnitud:

“Como muchos deportes, el maratón es un microcosmos de vida. El maratonista puede experimentar el drama de la existencia diaria tan evidente para el artista y el poeta... Para el maratonista, la agonía y el éxtasis se convierten en un sentimiento familiar. La jornada de Hopkinton a Boston revela lo que pasa a un ser humano cuando se enfrenta a sí mismo y al mundo que lo rodea... Y por qué sobrevive o falla al reto”. (G. Sheehan, Trad. F.J. Díaz).

El resumen dirá que sobreviví y no fallé en el reto, que experimenté el drama de la existencia diaria y que la agonía y el éxtasis se convirtieron en sentimientos familiares: Fueron 1200 km en cuatro semanas, dos puertos de montaña de categoría especial, cuatro de primera categoría, cinco departamentos, cuatro pinchazos, menos fotos de las que hubiera querido y una enorme sonrisa que no se me borró en todo el recorrido, y que espero que no se me borre en un buen tiempo. Ahora, iré por más.

miércoles, 1 de febrero de 2012

Celebrate Humanity - Bobsled

Hace más de cuatro años que en este blog hablé de la película Jamaica bajo cero (Cool Runnings). La mencionada película está basada vagamente en la historia real del equipo de Bobsleigh que representó a Jamaica en los juegos olímpicos de invierno en Calgary.

Pues bien, esta emotiva historia de ver a los deportistas de un país que no tiene invierno participar en unos juegos olímpicos de invierno no solamente sirvió de inspiración para la mentada película sino también para uno de los videos de la campaña Celebrate Humanity del comité olímpico internacional, con la cual se quiere resaltar toda la nobleza que el deporte trae consigo y que lo han hecho ser un triunfo de la humanidad.

El video que presento a continuación es el noveno de la serie Celebrate humanity que traigo al blog. (Ya están aquí Caída, Coraje, Gigante, Adversario, Gravedad, Sonrisa, Plata y Bronce) y va muy bien para comenzar a celebrar que este año vuelven los juegos olímpicos, y también para celebrar el deseo de competir de cientos de atletas, que quizá vienen de ninguna parte y que no hacen pensar a nadie que van a ganar, pero que el mundo ama por quererlo intentar.


Narrador:
They came out from no where
They were the underdogs
No one thought they could win
and, they didn't
but the world should love them for trying
That was for the Jamaican Bobsleigh team



Versión Libre en español
Ellos vinieron de la nada
eran unos desconocidos
nadie pensaba que podían ganar
y no lo hicieron
pero el mundo debería amarlos por intentarlo
Así fue para el equipo jamaiquino de Bobsleigh

(Me gusta más el quinto verso que aparece en los subtítulos, aunque no se ajuste a la traducción: "Pero el mundo no les negó la oportunidad")

jueves, 26 de enero de 2012

Tú eres mi rival, pero no mi enemigo.

De todos los videos de la campaña Celebrate Humanity, mi favorito siempre ha sido el que enaltece a los rivales, que comienza con las palabras que dan título a la entrada de hoy: Tú eres mi rival, pero no mi enemigo.

Se está corriendo en estos momentos el Tour de San Luis, en Argentina y la gran novedad es que, al estar clasificada como carrera 2.1 por la UCI, podía invitar tanto a equipos Pro Tour (La máxima categoría del ciclismo profesional), como a selecciones nacionales (equipos amateur). Esto permite que el espectro de nivel de esta carrera vaya desde el mejor corredor de la actualidad (Alberto Contador) hasta docenas de corredores amateur que tendrán en esta carrera probablemente la de mejor nivel en toda su vida deportiva.

Mientras adelante las cámaras y micrófonos seguían a las estrellas Contador, Leipheimer, Nibali (y a nuestros escarabajos Serpa, Rubiano, Sarmiento), peleando por la etapa con final en alto, en la parte de atrás del pelotón Yasmani Martínez de la selección cubana ya no daba más, y la cuesta final seguro le parecería insalvable. En esto aparecen los argentinos Lucas y Juan Haedo, del muy poderoso Saxo Bank (el equipo de Alberto Contador), y lo ayudan a subir como se ve en la Foto.

Si bien el trabajo de los hermanos Haedo es hacer lo posible para que Alberto Contador gane la carrera, al estar frente a su público quizá se animarían a protagonizar la pelea de una etapa como esta con mucho público a la orilla de la carretera. En lugar de eso, y al igual que todos los velocistas y la mayoría de los gregarios, suben con calma a un ritmo medio. Allí encuentran al casi desfallecido Yasmani Martínez de la selección de Cuba, y le ayudan a terminar la etapa.

En otros deportes se celebra el retiro de los rivales (algunos tratan precisamente de eso), pero en el ciclismo hay varios ejemplos como este, en los que se ayuda al rival en problemas. No importa si tienes puesto un maillot del ProTour y tu contrato es de cientos de miles de euros al año, esto no te impide mostrar la gallardía y la nobleza que ha hecho del deporte un triunfo de la humanidad.

lunes, 24 de octubre de 2011

Globero


Cuando comencé a dedicar un poco más de tiempo a leer lo que los cicloturistas cuentan en internet acerca de algunas rutas colombianas, como en ESTE BLOG o EN ESTE FORO, resulté leyendo un término desconocido pero del cual intuía su significado, y fue el término GLOBERO.

¿Qué es un globero? Después de hacer algunas inferencias, queda claro que las fotos que muestro de algunas travesías hechas en el pasado son fotos de un auténtico globero, que anda presumiendo por ahí de su bicicleta y de los lugares que ha logrado visitar.

A continuación transcribo un texto que hace un acercamiento a este término, tomado de aquí:


La palabra globero, muy utilizada en el mundillo del ciclismo recreativo, es un término con muchas acepciones y muchos matices. Todo depende de cómo se diga, de quién lo diga, de cúando se diga y de dónde se diga. Puede ser algo bueno, un halago, incluso hasta un insulto, pero siempre con buena intención.

Podemos observar la cantidad de frases y contextos que acepta:
  • Induráin es ahora un globero como todos nosotros. Es en realidad lo que todos nosotros somos, que nos gusta la bici, pero que no tenemos tiempo de entrenar. Naturalmente, un profesional nunca será un globero. Ni siquiera se le pasa por la cabeza juntarse con esa chusma. Y considera globeros a todos los que alcanza en la carretera, aunque sean bien entrenados.
  • Globero es al ciclismo, lo que pachangero al fútbol. O sea, cuando el ciclista sale sólo los domingos, se pega una paliza, vacila, no para de hablar, qué bueno es el ciclismo... qué bueno soy... y luego al terminar llega al bar y se pone hasta arriba de cerveza.
  • Un globero por otro lado es la envidia de todos. Siempre lleva bomba y repuestos, sabe de mecánica, casi siempre sabe más de ciclismo que nadie, y al final todos acaban pidiéndole ayuda... y el verdadero globero, siempre espera al último. Es una buena persona.
  • Hay otros, que llaman globero al que imita en todo al profesional, incluso lleva glucosa y todo, y luego no sabe ni reparar un pinchazo.
  • El globero generalmente lleva una bici cojonuda.
  • Otros se sienten globeros hasta que no tienen una bici cojonuda.
  • El globero es feliz aunque no ande. Es más, él no quiere ir deprisa.
  • Otros se hacen pasar por globeros, éstos no son buenas personas.
  • Hay globeros que se cabrean cuando les llaman globeros. Eso es que la persona es de las que les gusta machacarse y considera el término un insulto.
  • Hay globeros que se vanaglorian de serlo.
  • Hay otros, que son unos cobardes, que no paran de darte ataques, y cuando se cansan dicen que ellos son unos globeros, que no pueden seguir tu ritmo...
  • En el fondo, globeros somos todos los cicloturistas, pero algunos no quieren serlo.
  • Si quieres cabrear a un profesional, llámale globero.
  • Los globeros, dentro de un club y según los que más andan, son los que van detrás.
  • Según los que van detrás, el globero es el que va más detrás descolgado y que, claro, ellos van así de retrasados porque le van esperando.
  • Según el que va retrasado, el globero es ese que no es del club, que ya ha sido pasado por todos que se le ha pegado a la rueda y que no le da un relevo.
  • Según este marginado de la carretera, que en realidad siempre sale solo porque el pobre no anda más y nadie quiere salir con él, los globeros son todos los que le han pasado y no le esperan porque se creen que andan mucho y en el fondo no son más que cicloturistas engreídos y además son unos cabrones.
  • Pero en realidad, globeros son todos. Su actitud les delata. Su comportamiento es el del globero.
Globero, en el fondo, es siempre peyorativo y nadie quiere serlo, pero no pueden evitarlo porque se comportan de aquesta manera.

Globero, globero, globero, en realidad, es una forma de vida, una filosofía del ciclismo. Y globeros, repito, somos todos. Aunque a veces no lo parezcamos. El globero auténtico, repito, es feliz, pero los demás se rien de él. Pero ser globero es bueno.

Podríamos decir, finalmente, que hay varias clases de globeros, o varios tipos. El de verdad, el que lo parece, el que no quiere serlo, al que le llaman... y según Jose María García, cuando un profesional no se deja el pellejo en la carrera, cuando no ataca, cuando no aprovecha la oportunidad, es un globero.
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Pues bien, según estas acepciones, soy un globero que es feliz aunque no ande, porque muy feliz soy con mi subidita a patios, aunque me haga el doble de tiempo que los profesionales. Soy de los que no quiere ir de prisa, de los que no tienen una bici cojonuda, de los que no sabe reparar un pinchazo, de los que se vanaglorian de ser un globero. Y este globero va a retomar las travesías de antaño, y se va a dar a la tarea de recorrer las carreteras nuevamente, siempre con la sonrisa puesta