martes, 21 de agosto de 2007

In den Tayrona


vielen Dank,
meine Freunde von Heidelberg
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Esta foto de postal muestra la ciudad de Heidelberg en Alemania sobre el Rio Rhin, una ciudad que de oídas conocía como muy bonita y en donde han estudiado algunos forasteros compañeros de mi universidad. Precisamente este hecho facilitó la conversación con Thomas y Sara, un par de forasteros de Heidelberg que se hicieron a nuestro lado mientras pasaba una de las habituales y fuertes lluvias que adorna el Parque Tayrona por estos días y no nos dejaba volver al campamento.

Y es que este fin de semana quise que el forastero aprendiz conociera uno de los lugares más bonitos y visitados de por aquí y fuimos al Parque Tayrona para que viera y viviera (aparte de las playas, los senderos, la selva y las piedrotas) ese delicioso sabor de la poliglotía (al menos 11 idiomas se hablaban allí esos días) y de sentir que las fronteras no existen y el mundo te puede quedar estrecho. Quería que viera cómo esos viajeros se acompañan de manera circunstancial un tramo de los recorridos, creando lazos sólidos con facilidad, y desbaratándolos también con asombrosa facilidad. Quería que escuchara que viajar es fácil, posible, y que el mundo no se termina en las propias narices sino que existe un incontable surtidor de historias, experiencias, lugares, itinerarios y motivos para recorrer el mundo, que siempre habrá piedras en el zapato para entorpecer la marcha, y siempre habrá quien quiera ayudar al forastero que se anime a darse a la travesía.

Demasiado pretencioso, quizá. Todas esas cosas no se encuentran en anaqueles catalogados para su fácil ubicación, así que nos concentramos en disfrutar la marcha (lodo, hormigas y aguacero incluido). El asunto se complicó cuando comprobamos que nos habían hurtado una buena parte de las provisiones, además del dinero para pagar una noche más de alojamiento. Por fortuna el dinero para regresar estaba completo, pero sin saber siquiera a quien quejarse o de quien sospechar, parecía como si el aguacero hubiera empapado el ánimo, dejándolo inutilizable y sin más opción que maldecir la propia suerte yabandonarse a lo que el azar quisiera

Me acordé de los días de la Ley de Murphy en la piel, me acordé de mis amigos forasteros eslovenos lejos de su país, sin hablar el idioma, sin a quien acudir cuando les robaron el dinero y eso me consoló pues mi situación no era tan grave. A lo sumo nos tocaba caminar los 6 km que hay de Cañaveral a El Zaino. Ninguna tragedia, por decirlo así.

Pero en todo caso el ánimo estaba bastante mojado, y más con ese aguacero que no nos dejaba regresar al campamento para irnos de una vez. En eso se aparecen nuestros forasteros de Heidelberg lamentando que la lluvia no nos permitiera nadar hasta la barrera de coral y comenzó una de esas conversaciones que puede durar años, tocando todos los temas, las épocas y las personas. En pocos minutos el incipiente lazo se había fortalecido tanto que, por su propia iniciativa, decidieron pagar nuestra noche de alojamiento y compartir algunas de sus provisiones. Claro que no fue gratuitamente, pues tengo un plazo de 18 meses para ir a su casa de Heidelberg a pagarles 10 Euros e invitarles a un café Liofilizado que pienso llevarles. Todo parece indicar que podré pagar la deuda con varios meses de margen, y eso es mejor noticia aún.

En el viaje de regreso de nuevo la separación. Se puede ser muy buen amigo de alguien que acabas de conocer, y puedes alejarte sonriendo de alguien que consideras muy buen amigo aunque sepas que puedes no volverlo a ver. Esto es algo muy escencial entre nosotros los forasteros, y es lo que nos permite hacer acciones como la de nuestreos Heidelbergischen amigos. No seré yo quien los recompense, ni será a ellos a quienes yo pague este favor. Esto es como una secuencia de fichas de dominó, buenas acciones que se repiten y se repiten hasta que regresan y se comienza de nuevo.

Muchas gracias de nuevo para ellos. El ocurro del mes me deja más sonrisas de las que hubiera pensado


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